Tres cosas sobre los concursos

Por Carla Berrini

1. Los concursos de arquitectura han sido los grandes dinamizadores culturales de la disciplina. En nuestro país han servido para promover estudios de jóvenes arquitectos en los años 50 y 60. En nuestra ciudad a partir de la vuelta de la democracia y en el marco del debate ligado a la recuperación del río y a la descentralización de la administración municipal, los concursos activaron una rica reflexión sobre el espacio público y la construcción de la ciudad. Dicha reflexión contó con una amplia participación de los arquitectos locales y con respuestas que interpretaron ese proceso de modo sofisticado y le otorgaron una forma arquitectónica. En sintonía con los debates internacionales, los ecos de la discusión que transformaba a esa Barcelona de los años 80 y 90, se hicieron oír en las orillas del Paraná. La recuperación de la costa contó con concurso; entre las propuestas impresas sobre el papel y los resultados finales, mediaron los procesos de desarrollo, reajustes, gestión y concreción. En los resultados se verifica la precisión del comentario de Rem Koolhaas acerca del urbanismo, al que definió como “un tablero de guerra donde los generales creen que deciden cómo se mueven las cosas sobre una mesa, mientras las verdaderas batallas se libran en otro lado”. Aún así, dice Koolhaas, “los arquitectos deben seguir resistiendo”.

2. Si la década del 90’ marcaba una experiencia de concursos que enriquecía el debate y que en cierto modo auguraba un horizonte de resistencia más amplio, el 2001 nos encontró con una nueva modalidad, la del concurso no vinculante. Esta condición de los concursos se reveló como signo de un hiato en la discusión y en la participación efectiva de los arquitectos en la construcción de la ciudad. A un lado quedó nuestro Colegio de Arquitectos, al otro, la mayor parte de la obra pública quedó aprisionada en oficinas burocráticas municipales y provinciales. El debate sobre la construcción de la ciudad quedó silenciado. En el espacio de ese hiato, nuestra ciudad se transformó notoriamente. La caída del debate arquitectónico urbano respecto de los concursos es una muestra del debilitamiento del valor cultural de nuestra disciplina. Darle arquitectura a la sociedad, es darle debate y es dialogar sobre el mundo que estamos construyendo. Una parte de la dificultad reside en que en los últimos treinta años no hemos logrado construir instrumentos que vuelvan a la práctica de concursos una herramienta efectiva en la transformación de la ciudad.

3. De modo vinculante o no vinculante, los reclamos de llamados a concurso han sido reiterados, constituyen una práctica que nos brinda la posibilidad, cada vez, de plasmar ideas. La discusión sobre el contenido de las bases y los resultados, y la publicación y divulgación de los criterios sobre la valoración de los proyectos, posiblemente habiliten una restitución cultural de esta modalidad. Porque si hay algo que sí debemos reconocer es que, en los últimos años, los arquitectos de nuestra ciudad han tenido mucho que decir. Algunas ideas se han cristalizado en obras; muchas permanecerán dibujadas. Todas ellas nos brindan la posibilidad de organizar un corpus para reflexionar sobre la disciplina. Organizar la discusión es un llamado de atención sobre nuestro colectivo profesional. Restituir valor social a la arquitectura es una labor que aún nos cuesta articular. Tenerlo presente es un buen indicativo. La práctica de los concursos sigue siendo una oportunidad.

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